Obra

Otra vez, el ayer.

Tras la persiana,
música y sol;

en el jardín cercano,
la fruta de oro,

al levantar la mano,
el puro azul dormido en la fontana.
Mi Sevilla infantil, ¡tan sevillana!

Fachado de Villa Amparo

En Villa Amparo, culminó lo que podría llamarse la tercera etapa de su producción literaria (M. Talens), la del compromiso ideológico con la cultura del pueblo y la causa de la República, ya iniciada en su época de Segovia. Desde esta aparente tranquilidad (Esto es hermoso, muy hermoso. Es como un paraíso…) y a pesar de su estado físico, llevó a cabo una ingente labor periodística y de divulgación de su pensamiento existencial, amén de una quincena de poemas recogidos en el libro publicado bajo el título de La guerra (Espasa Calpe, Madrid, 1937) e ilustrado por su hermano José con detalles de los alrededores de Villa Amparo. Poesía “de circunstancias”, como él mismo manifestará en diversas ocasiones.

Así se lo expresa al poeta y editor Juan José Domenchina: “…en estos momentos de angustia en que la verdad se come al arte, no es fácil hacer otra cosa”.

Teniendo en cuenta su carácter retraído, la amargura interior y el proceso de su enfermedad, sorprende la intensísima labor creadora y participativa de esta etapa, quizá la más fecunda de todas.

El grueso de esa intensa actividad intelectual lo marcan los innumerables artículos publicados en revistas y periódicos como Fragua social, El Mono azul, Hora de España, La Vanguardia, etc. y la redacción de bastantes capítulos de su Mairena póstumo. El poeta colaboró desde el primer número (enero de 1937) en Hora de España, revista cuyo objetivo era demostrar que “España prosigue su vida intelectual o de creación artística en medio del conflicto gigantesco en que se debate […] Nuestros escritos han de estar, pues, en la línea de los acontecimientos, al filo de las circunstancias, teñidos por el color de la hora, traspasados por el sentimiento general.”

El periódico La Vanguardia inaugura su primera colaboración con estas emocionadas palabras: “Don Antonio Machado, el más glorioso de los poetas españoles contemporáneos, inicia con el presente artículo su colaboración en LA VANGUARDIA, que con ella se honra altísimamente. […] entra con don Antonio en nuestra casa uno de los ejemplos máximos de dignidad que la tragedia española ha ofrecido. Cargado de años, de laureles y de achaques, ha renunciado a su derecho al descanso, y mantiene vivo, juvenil y heroico, el espíritu liberal que informó su vida y su obra. […] Con don Antonio Machado nos llegan un escritor y un hombre. Bien venidos ambos.”   El último artículo escrito para este medio desde Rocafort es el del 6 de abril de 1938, “Apuntes del día”.

Sacando fuerzas de donde podía y acompañado de sus imprescindibles cigarrillos y múltiples cafés, solía trabajar en el comedor de la casa. Pla i Beltrán deja este testimonio: “En el amplio comedor se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo y, como de costumbre, rodeado de libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta las primeras horas del amanecer, en que abría el gran ventanal para ver la salida del sol o, en otras ocasiones, y a pesar de estar cada día menos ágil, subía a lo alto de la torre para verlo despertar allá lejos, sobre el horizonte del mar”.

De entre los poemas que escribió en esta soledad de Villa Amparo, tan mediterránea, destaca uno, que podemos leer al principio de este espígrafe, por el sereno dramatismo de obsesión recurrente que transmite: el enlace de su pasado como niño en el palacio de las Dueñas (Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…) con el inminente futuro que refleja en el archifamoso verso de Collioure (Estos días azules y este sol de la infancia…)

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